miércoles, 13 de mayo de 2009
Gochovisión 2009: todo a punto de caramelo
domingo, 8 de marzo de 2009
Atentidós: No te veía venir y te tenía delante
El pasado jueves la A2 estuvo colapsada por obra y gracia de Telefónica. Esta empresa, que no sólo tiene colapsadas sus líneas de voz y datos, ha decidido que no era suficiente con los bits y ha ampliado su rango de actuación a las vías de comunicación terrestre.
El cartel que tenía situado en el tejado de uno de los edificios de la Avenida de América casi salió volando por la fuerza del viento (ahora sabemos cómo vuela Tidós).
Los bomberos tuvieron que desmontar dicho luminoso, que era tan dañino como las propias facturas de la compañía.
En el vídeo (de El País digital) se puede observar el estado en el que quedó el cartel tras los golpes del aire. Así me quedé yo cuando me llegó el primer recibo tras comprar mi primer módem.
He de reconocer que de esta noticia me enteré al día siguiente... ¡¡y eso que vivo al lado!! Y digo yo: un poco más abajo, en la misma Avenida de América, hay un luminoso de Vueling... y justo en Avenida de América 1 hay un luminoso de Iberia... ¿Casualidad? ¿Tal vez Tidós Airlines? Who knows...
Dicen que de Madrid al cielo... Pero el lema ahora es de Telefónica al suelo.
sábado, 7 de marzo de 2009
Lo estamos preparando... EuroNavidad.
Ya falta menos para el festival de Eurovisión.
Poyeya, quiero decir, Soyaya... Ays, no sé hablar, Soraya (que no el pintor Sorolla) nos va a representar en Moscú el próximo 16 de mayo.
Si quieres escuchar su tema: http://www.rtve.es/television/eurovision2009/candidatos/soraya-arnelas-rubiales.shtml
Me estoy yendo por las ramas de eucalipto (Ñam, Ñam, eñeeeee).
Todo esto es para comentaros que ya estoy preparando la Navidad que no tuve y la cuenta atrás será desde 24 días antes de dicho festival. El 16 de mayo será 24 de Diciembre, así que si hacemos la cuenta a la inversa, el 23 de abril comenzará el Advent Calendar de los Playmobil (que se muestra en la foto).
Más información en próximas entradas.
La muuuleta de Baaaroja es roja (de color)
Ha sido una tarde muy divertida. Tras haber tenido que cancelar la Karaoke party porque Isra no podía venir (queda postpuesta a la próxima semana), yo quedé sin ocupación. Y puesto que Gema tenía que comprar las viandas para la fiestuqui de mañana para celebrar el cumple de Esteban, Noi también quedó libre. Así que decidimos dar una vuelta por Madrid centro y hacer el recorrido de la Cow Parade (http://www.cowparademadrid.com/).
Empezamos en la plaza de Colón y de ahí fuimos bajando por Recoletos hasta Cibeles. Subimos a la Puerta de Alcalá, de ahí cogimos Alfonso XII hasta Atocha y, por útlimo, subimos por el paseo del Prado hasta las Cortes. Nos hemos dejado muchas vacas por ver en otras zonas, pero teniendo en cuenta que mi tobillo parecía el poste de un semáforo ya nada más salir de casa, no era cuestión de tentar a la suerte (y llamar a urgencias).
Muy castiza la de la Puerta de Alcalá, frente a la homenajeada.
Junto a ella, una preciosa vaca "Guernica", que con el color ceniza de esta tarde quasi lluviosa, conjuntaba perfectamente.
Como yo soy fotoalérgico (alérgico a las fotos, que no a la luz), pero también quería que se supiera que esas fotos eran mías, en un alarde de "originalidad" evocamos a la película de Amélie y, en vez de poner un gnomo de jardín en cada lugar, pusimos algo característico de mi nueva situación: l'amuleta de la suerte.
lunes, 2 de marzo de 2009
Koalita & Slumdog millionaire

¿Quién ha dicho que los cojitos no pueden ir al cine? Pues si alguien lo ha dicho, lleva razón: no se nos puede sacar de casa. Ir a los baños de Kinépolis con todo el suelo mojado, intentando esquivar charquitos y no resbalar para no ver más de cerca los charquitos, es una experiencia casi tan narrable como la de Ikea.
Pero al margen de aventuras y desventuras con las muletas, hoy he venido a hablar de mi peli; y si no se habla de mi peli, me voy. Do you remember? xDDD.
Ayer fui a ver Slumdog Millionaire, fulminante ganadora de la última edición de los Oscars. Tenía buena pinta, todo el mundo decía que se merecía tantos galardones. Y, además, para mí era el reecuentro, hacer las paces con el cine, tras estos últimos meses de locura y frenesí.
Un guión bastante original: un chico de la India, de clase paupérrima, que gana el famoso concurso ¿Quién quiere ser millonario? es el hilo conductor para contar la vida de Jamal, su hermano Salim y la chica de su corazón, Latika. ¿Está haciendo trampas en el programa?
La miseria de la India, la crueldad de los que no tienen escrúpulos para matar, las desigualdades económicas y sociales, y otras tantas cuestiones de este mundo en el que vivimos son la esencia de este largometraje.
Pero, reflejando sólo pena y desazón, se convertiría en un documental. Y en Hollywood no premian a los documentales, al igual que la gente no suele ir en masa al cine a ver este género. Como película de Bollywood que es, el amor tiene su pequeña cabida, pero sin llegar a empalagar. Se agradece también que no sea un musical de la India, porque no creo que nos fuera a calar de la misma manera.
El montaje de la película, sin ser sorprendente, es el adecuado para entender el pasado y el presente, que se entremezclan de una manera un poco abrupta al principio. Una vez que te acostumbras, sabes cuándo va a saltar de un momento a otro. En ese momento la película pasa volada, casi sin enterarte.
Una banda sonora que está a la altura de la película acompaña a todo el filme. Sonidos étnicos de la India, característicos sin ninguna duda, pero que juegan un papel adecuado durante las dos horas.
En resumen, una película tierna y dura, original y predecible, pero que merece mucho la pena ir a ver y que, como diría mi amiga de Homozapping, "os la encomiendo".
domingo, 1 de marzo de 2009
The IKEA experience
- Es afable, porque todos sus empleados me trataron de manera exquisita y con buena cara.
- Es complaciente, porque me sentí satisfecho con su trato.
- Es afectuoso, por el cariño con el que me arroparon.
Día 49 de mi cautiverio...
Ya que el viernes por la mañana salí un rato a comprar, no puedo hablar de ese cautiverio. Empieza aquí la historia de mi liberación.
Necesitaba comprar unas cosas para mi casa. Por supuesto que podría habérselas encargado a alguien. Pero entre la necesidad atroz de darme un paseo y la de matar al gusanillo que entra cuando vas a comprar en Ikea, decidí que yo también tenía que acudir a la cita, pertrechado con mis muletas. Lo del gusanillo se llama consumismo (no voy a hacer el chiste de la crisis), y es que cuando estás en esta tienda acabas llevándote infinidad de artículos con los que no contabas. Y da igual, tú dices que vas a ir a comprar lo justo, pero acaba cayendo el portafotos Gromenauer o la caja de almacenamiento Grijander. Igualito que Anónimo Cobarde cuando va a ElectricBricks a comprar Legos.
Voy a omitir la parte en la que, por culpa de una llamada inoportuna antes de salir de casa, me dejé la cartera y luego tuve que hacer malabares financieros para poder comprar las cosas sin que tuvieran que traerme de vuelta. Santa paciencia mi hermana.
Antes de comprar, había quedado con mi amiga Suu para vernos un rato y desayunar juntos. Ella vive al lado del Ikea de la Gavia, así que aprovechando mi primera salida ociosa internacional en calidad de minusválido, hicimos una quedada matutina. El sitio, la puerta de entrada, a la que llegamos puntuales mi hermana y yo. Nos metimos en la tienda y me dirigí raudo y veloz (coñas no, ¿eh?) hacia el ascensor. En ese momento, una cosa azul y amarilla empezó a correr tras de mí y a gritar entrecortadamente por el esfuerzo: "Eeeeeeeeeeeeh".¡Mierda! - pensé, imaginando que se reservaban el derecho de admisión para cojitos. "¿No querrás una silla de ruedas?" - añadió ella. Lo primero que se te pasa por la cabeza es decir: "No, ¿acaso piensas que no me puedo mover?". Es el orgullo / vergüenza. Pero 1 nanosegundo después tu pierna "buena" te pega un tirón de orejas (no me preguntéis cómo lo hace, pero juro que lo hace) y te dice: "Tú eres muy tonto, coge eso ahora mismo". Lo segundo que piensas es: "¿Tienen sillas de ruedas para dejar a la gente?". Esa pregunta queda respondida al instante, en cuanto eres consciente del ofrecimiento.
Con una sonrisa Profident, le dije que íbamos a desayunar y que, como tenía que volver otra vez para comprar las cosas, sería en esa segunda ocasión en la que les solicitaría la silla. Pero ya me hicieron sentir bien, se me quedó un buen sabor de boca incluso antes de papearme los churros y el donut del desayuno. Fuimos a la cafetería y yo, que me había dejado la cartera, no fui invitado al café gratuito que te dan con la tarjeta de fidelización del establecimiento (y que, como buen soltero que vive solo, por supuesto tengo).
Al término del homenaje culinario, fuimos a casa de mi hermana para realizar la acrobacia financiera de la que hablaba antes. Diez minutos después estábamos de nuevo en Ikea dispuestos a afrontar ese nuevo reto: la silla de ruedas.
Volví a entrar con mis (bueno, son de Suu) flamantes muletas rojas. Me acerqué al mostrador y me dieron la silla de ruedas. Hasta se ofrecieron a guardarme las muletas, pero preferí quedármelas por si tenía que ponerme de pie en algún momento para mirar algo. Mi hermana, que muy recientemente ha hecho un curso de Celador de hospital, en el que no había hecho prácticas con pacientes reales, se puso su bata, guantes y mascarilla imaginarios y tomó las riendas del vehículo. Como en Lluvia de estrellas, aquella mañana Ikea interpretó a Ramón y Cajal.
Una vez en el piso de arriba, mi hermana, totalmente identificada con Niki Lauda, me llevó velozmente por todas las secciones y recovecos. De vez en cuando tenía que recordarle que parara un poco, ya que a esa velocidad los precios se veían así: "======". La silla, que estaba un poco baja y no había manera de subirla, rozaba con el hierro de los reposapiés en el suelo. En más de una ocasión nos sentimos como en las carreras ilegales de coches, en las que la fricción de la llantas en el asfalto producen esas características chispas.
Mi hermana, como conductora de la DGT es muy buena; como celadora no lo sé. Pero todo junto es una combinación explosiva (y no hablo de picardías y liguero). En un par de ocasiones me dejó aparcado en medio del pasillo, sin las luces dadas, con el consiguente atasco por semejante pirula. En ese momento me sentí desvalido, solo, abandonado. Es más, me sentí como cuando estás en el súper y apartas el típico molesto carrito de la compra que el gaÑán (eñeeeee) de turno ha dejado en todo el medio mientras se lee los ingredientes de la botella de agua. Aun así, la experiencia de comprar en estas condiciones me hizo sentir feliz como una perdiz (antes de recibir el tiro y ser servida en un plato). Para inmortalizar el momento, le pedí que me hiciera unas fotos que dieran fe de este testimoÑo (eñeeeeeeeeee, esta vez dedicado a mi Rosi), y poder escribir así en el blog:

Mientras se producía este posado-pactado, uno de los empleados de Ikea pasó por detrás, nos vio en semejante escena y empezó a descojonarse estentóreamente. Me dijo algo como "¡muy bien!", pero no alcancé a escucharlo con precisión militar.
El momento cumbre de la mañana vino cuando, para poder llevar las compras en condiciones, le dije a mi hermana que lo mejor sería coger un carrito. Y, claro está, esto fue lo que me dio aaaalas. Mi hermana nunca ha tenido gemelos y eso de llevar dos carritos al mismo tiempo se me antojaba harto complicado para ella (tengas gemelos o no). Su idea fue que yo empujara el carrito mientras ella empujaba mi silla. Pero una visión de una panda de borrachos en una fiesta y bailando la conga se me vino a la cabeza, así que decidí que ésa no era la solución. Casi instintivamente, planté mis manos en las ruedas y, como si de las paraolimpiadas se tratara, empecé a avanzar con garbo y brío a través del almacén. Me hice con los mandos muy rápidamente (digo yo que eso de haber jugado mucho a la consola de pequeño algo tiene que ver, aparte de los brazacos que estoy sacando con las muletas) y, de esa manera, avancé los metros finales mientras terminábamos mi compra.
Llegamos a la caja y la cajera, una vez pasados los artículos, miró a mi hermana para que pagara. Al ver que ella no mostraba intenciones y hacía propósito de enmienda (a la totalidad), agachó su mirada hacia mi silla (me hizo sentir pequeñito) y, cuando vio que yo me rascaba el bolsillo, entendió toda la jugada.
Pagamos, fuimos a devolver la silla y, nuevamente con gran amabilidad, me despidieron dándome palmaditas en la espalda.
La conclusión es que, una tienda que tiene varias (vi que a otra señora le dejaron otra) sillas de ruedas disponibles para que los personas con problemas de movilidad puedan estar igualmente a gusto, independientemente de que sea una cuestión comercial, me pareció DIGNO DE AGRADECER y un detallazo sin precedentes. Me quito el sombrero y aplaudo a los responsables de Ikea. Estos no se hacen los suecos con la accesibilidad.

P.D. Con la silla y la chaquetita de cuadros parezco un indigente...
viernes, 27 de febrero de 2009
¿Tinta o píxel?
Atrás quedaron los años en los que esperábamos ansiosos que llegara el cartero para leer las cartas de los amigos que, durante los meses de verano, abandonaban el barrio de San Blas en busca de lugares más exóticos (aunque, pensándolo bien, más exótico que San Blas en los 80 no se me ocurre nada... y si no era exótico, algo de pintoresco sí tenía). O en las navidades, contando el número de postales navideñas que recibías: unas de alto nivel (de las solidarias, las que costaban a precio de oro para un chavalín de barrio), otras más del tú-pa-tú (Antonio, hijo, esta expresión me viene al pelo para decir cutre) de los veinte duros de los chinos... (esto se merece otro mensaje más adelante). Luego estaban los que empezaban a despuntar imprimiendo las tarjetas en el Print Master Deluxe (qué gran programa), con las revolucionarias impresoras matriciales de 9 ó 24 agujas...
El caso es que todo eso ha quedado atrás. Ya nos mandamos correos electrónicos, postales electrónicas, hacemos listas de boda en Internet, invitamos a los cumpleaños con un mensaje de grupo... En definitiva, hemos perdido la esencia humana que, durante unos miles de años, ha caracterizado nuestra existencia y el fin de la prehistoria: la escritura.
Nota al margen: todavía me acuerdo de mi ex-amigo Óscar, cuando en el cole les enseñaban esto: "What's the Prehistory? The Prehistory is the story of man before written records began".
Yo he perdido cualquier tipo de destreza y costumbre a la hora de escribir con boli y papel. He empeorado mi caligrafía y no soy capaz de escribir 3 líneas seguidas sin tener que parar para descansar los dedos. Desde que ya no tomo apuntes en la facultad, me he vuelto un señor mayor de las nuevas tecnologías. Intento, todas las navidades, mandar la tanda de postales manuscritas, soy un animal de costumbres y de tradiciones cuando éstas merecen la pena. Y escribir a mano, qué queréis que os diga, lo merece.
Una caligrafía dice mucho de una persona. Desde la letruja más indescifrable hasta el molde de imprenta (en el que me hallaba hace unos años), pasando por su ortografía (con los correctores actuales se disimula esta carencia), son detalles que echo mucho de menos. Incluso cuando no entendías una palabra y tenías que esperar a ver a la persona, una llamada u otra carta para que te explicara qué ponía.
Cuando estaba en el instituto, tenía la costumbre de cartearme con mi amiga xyz. No recuerdo exactamente cómo empezó, pero lo cierto es que comenzó y es una de las cosas más chulas que recuerdo de mi etapa en el Gómez Moreno. Conservo aún esas cartas como oro en paño. Además, ella tenía la costumbre de decorar todos los sobres a mano. Recuerdo aún el primero, es más, incluso recuerdo toda la carta. Un sobre estándar, petado hasta reventar porque dentro había 10 hojas de los blocks perforados, que hacían que la carta no cerrara. Por supuesto, como toda buena carta para ser perfecta, enviada postalmente, lo que la dota de más valor aún. El dibujo de fuera, un Goku de Bola de Dragón que tan de moda estaban en aquel momento. Y dentro, un montón de confesiones, alusiones musicales, cinematográficas... Un torrente de literatura.
Esa carta tuvo su respuesta, no menos "espectacular" y se inició así una costumbre que despertaba la imaginación y el gusanillo de la curiosidad, tratando de vislumbrar cómo y cuándo vendría la siguiente.
Como todo lo bueno en esta vida, las cosas se acaban. Tengo algún intento de carta de 4 años después, que nunca llegué a acabar porque siempre estábamos muy ocupados ya. Y en la universidad la rutina te lleva a otras miles de cosas. Así que, finalmente, acabas perdiendo las costumbres. Cualquier tiempo pasado no es siempre mejor (volviendo a parafrasear a Karina), pero cuando lo es, es infinitamente mejor.
Me quedo con la copla de mi propia entrada en el blog... Y antes de volver al trabajo, me voy a proponer escribir una carta manuscrita en condiciones. ¿A quién? No lo sé, quizá para mí mismo.
Estas navidades no tuvisteis postales... Pero os espera una sorpresa. Y hasta aquí puedo leer, como diría mi queridérrima Mayra Gómez Kemp.
jueves, 26 de febrero de 2009
Todo lo que necesitas saber antes de montar un Lego
- Lego hace sus bolsas ruidosas. Esto se traduce en que es harto complicado montar los diseños de la compañía danesa a altas horas de la madrugada, si no quieres despertar a tus vecinos o a la persona que duerma a tu lado. Desconozco si el material sonoro con el que están hechas las bolsas es para detectar si tu niño/a se ha vuelto loco y se está comiendo las bolsas a sacopaco.
- Son pistas, no instrucciones. Es algo que tienen en común Lego e Ikea. Sus libros de instrucciones deberían rebautizarse a "Libros de pistas". De un paso a otro, aparecen las piezas puestas y tienes que detectar dónde se han añadido. No las marcan de otro color, ni con una flechita. Estas instrucciones no pasan normas de accesibilidad. Por no decir que, en el caso del Batmóvil, como todo (o casi todo) es negro, me dejé los ojos para distinguir las piezas. Una reflexión: ¿Por qué los de Lego no hacen como los de Ikea? Este Batmóvil ha sido idea del creador Jander Klander. Total, el sueco y el danés se parecen.
- Las piezas están almacenadas en orden absurdo. Supongo que es parte de la gracia. Tener que buscar las piezas en las 12 bolsas que venían en el Batmóvil me ha supuesto un 80% del tiempo de montaje. Porque, ¿para qué van a poner las piezas según el orden de montaje?
- Montar cosas de éstas produce estrés. Me pasé toda la noche pensando: ¿Y si me falta una pieza? Cosa que, en mi caso, desgraciadamente pasó, pero se trata de algo suplantable. Otro agobio que me surgió varias veces fue no encontrar una pieza y pensar que la había puesto en lugar de otra, cuando el modelo estaba montado al 95%. En esos momentos te haces tan pequeño como una pieza de Lego y te quieres hundir en la miseria.
- Idolatras y humillas a la raza humana al mismo tiempo. Mientras estás montando el bicho, a veces piensas: ¡Qué buena idea poner estas piezas así! Y, tres minutos después, piensas: Madre mía, podrían haberme hecho montar esto antes, porque ahora no hay quien meta la mano aquí sin destrozar media figura. A los cinco minutos piensas, nuevamente, que la vida tiene sentido, que todo encaja (chiste bueno, ¿eh?) y que los diseñadores de Lego son lo más. Eso hasta que se te parte el coche por la mitad y piensas: ¿De dónde coño han salido estos retrasados?
- Superficie plana. Sí, he montado el Batmóvil en la cama, pero es una superficie no recomendable. Aparte de que, mientras montas la estructura, aquello está precariamente sujeto, las sábanas de la cama son muy traidoras (en todos los sentidos y situaciones) y esconden piezas que luego aparecen por arte del Birli Birloque. Esto guarda relación con el siguiente punto.
- Las piezas tienen vida. No sólo es importante tener una buena superficie, sino que también es necesario pertrecharse de armas antiLego para evitar que tus entrañables piezas se desplacen por la superficie. Buscarás una pieza en una zona concreta, peinarás el área rastreando milimétricamente todas y cada una de las otras piezas y... cuando lo das todo por perdido y piensas que faltan piezas (¿veis el estrés del que hablaba?), volverás a mirar en la zona inicial y ahí estará la pieza que buscabas, descojonándose la muy hija de puta (perdón, me sigue afectando aún, tened en cuenta que es una experiencia reciente). En ese momento decides castigar a la pieza apretándola al modelo lo más fuerte posible, hasta que te miras el pulgar y, casi a fuego, puedes leer: LEGO.
- Sobrarán piezas. Sí, pero no las más bonitas, útiles o las que más te gusten. Sobrarán las más estúpidas, inútiles y antiestéticas de todas cuantas hubiera en la caja. C'est la vie.
- ¿Has pensado dónde lo vas a poner una vez acabado? Esta cuestión debería ir la primera de la lista. Los Legos, al venir en cajas, son fácilmente almacenables en un armario, una estantería, encima de un mueble... Pero los modelos, una vez acabados, no los puedes guardar en estos lugares (a no ser que los vuelvas a meter en una caja). Por tanto, ¿tienes hueco para lucir tu nuevo batmonstruo? ¿Queda bien con el resto de las cosas? En mi caso, como soy un freaky enfermo, queda bien en cualquier parte de la casa (al lado de los peluches, donde los señores patata, pegado a Jack Skellington...). En mi caso este punto no es TAN conflictivo.
- Crean adicción (y adición). Sí, sí, así como lo lees. Una vez que te has comprado uno (o, como en mi caso, te lo regalan), el resto vienen solitos, como si de animalicos con patas se tratara. Luego hay casos realmente enfermizos y de matrícula de honor, como el de mi amigo Anónimo cobarde (no doy su nombre por razones obvias, explícitamente puestas en su nombre), que en unos pocos meses no serán los Legos los que estén en su casa, sino que construirá una casa (o mejor dicho, Estrella de la Muerte) Lego dentro de la cual estará su casa. Yo, sin ir más lejos, tengo un tercio de la colección de Lego Indiana Jones. Por último, como también hay videojuegos, estos también acaban cayendo.
Se me olvidan algunas cosillas, pero eso lo dejaré para la versión ultraplús (si pongo plus ultra me tacharéis de facha o fan de los Reyes Católicos) de este catálogo de recomendaciones.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Batmóvil de Lego
¡Qué productivo es trasnochar!
Nuevamente, debido a mi lesión "estática", por más que he intentado dormir de noche, me ha sido imposible. Y a las 2 a.m. ya estaba arriba... Intenté hacer cosas, pero de noche es difícil escuchar música sin cascos o hacerte un zumo de naranja sin que te llamen de todo menos "majete".
Así que decidí montar algo que me compré en Ámsterdam cuando estuve el pasado septiembre: el Batmóvil de Lego, versión "ultimate" (última vez que lo monto, claro).
No os diré el porrón de horas que llevo, me duele la cabeza... Luego escribiré sobre esta experiencia. De momento, os deleito con unas foticos que veis arriba.
Nota: Atención al tamaño del bicho... es 5 veces mi móvil :)
Dos horas sin gmail causan el caos
Ni las guerras en Irak, ni el hambre en el mundo, ni una ley de permanencia vitalicia de presidentes, ni cacerías varias... pudieron con esta noticia. ¡¡No había Gmail!!
La explicación se encuentra en el blog de la propia compañía: http://gmailblog.blogspot.com/2009/02/update-on-todays-gmail-outage.html
Un extracto de la justificación asegura que era una operación de mantenimiento que no debía cortar el servicio. Pero lo cierto es que se saturó el centro de datos europeo y, con ello, el caos.
Estas situaciones me hacen reflexionar. Actualmente tengo todo mi correo importante en Gmail y, aunque lo tengo descargado en local para no perder ningún mensaje (hombre precavido se asusta por 15, ¿no era así?), lo cierto es que ya he dejado cualquier otro gestor de correo y todo lo tengo centralizado aquí. ¿Acierto? ¿Error? Un poco de ambas.
Pero lo que sí acierto a decir es que, señores, Gmail es increíble, pero no perfecto. Vayamos pensando métodos de almacenamiento y comunicación alternativos o estaremos ante el mismo caso de Windows hace una década.