Sin lugar a dudas: Tinta.
Atrás quedaron los años en los que esperábamos ansiosos que llegara el cartero para leer las cartas de los amigos que, durante los meses de verano, abandonaban el barrio de San Blas en busca de lugares más exóticos (aunque, pensándolo bien, más exótico que San Blas en los 80 no se me ocurre nada... y si no era exótico, algo de pintoresco sí tenía). O en las navidades, contando el número de postales navideñas que recibías: unas de alto nivel (de las solidarias, las que costaban a precio de oro para un chavalín de barrio), otras más del tú-pa-tú (Antonio, hijo, esta expresión me viene al pelo para decir cutre) de los veinte duros de los chinos... (esto se merece otro mensaje más adelante). Luego estaban los que empezaban a despuntar imprimiendo las tarjetas en el Print Master Deluxe (qué gran programa), con las revolucionarias impresoras matriciales de 9 ó 24 agujas...
El caso es que todo eso ha quedado atrás. Ya nos mandamos correos electrónicos, postales electrónicas, hacemos listas de boda en Internet, invitamos a los cumpleaños con un mensaje de grupo... En definitiva, hemos perdido la esencia humana que, durante unos miles de años, ha caracterizado nuestra existencia y el fin de la prehistoria: la escritura.
Nota al margen: todavía me acuerdo de mi ex-amigo Óscar, cuando en el cole les enseñaban esto: "What's the Prehistory? The Prehistory is the story of man before written records began".
Yo he perdido cualquier tipo de destreza y costumbre a la hora de escribir con boli y papel. He empeorado mi caligrafía y no soy capaz de escribir 3 líneas seguidas sin tener que parar para descansar los dedos. Desde que ya no tomo apuntes en la facultad, me he vuelto un señor mayor de las nuevas tecnologías. Intento, todas las navidades, mandar la tanda de postales manuscritas, soy un animal de costumbres y de tradiciones cuando éstas merecen la pena. Y escribir a mano, qué queréis que os diga, lo merece.
Una caligrafía dice mucho de una persona. Desde la letruja más indescifrable hasta el molde de imprenta (en el que me hallaba hace unos años), pasando por su ortografía (con los correctores actuales se disimula esta carencia), son detalles que echo mucho de menos. Incluso cuando no entendías una palabra y tenías que esperar a ver a la persona, una llamada u otra carta para que te explicara qué ponía.
Cuando estaba en el instituto, tenía la costumbre de cartearme con mi amiga xyz. No recuerdo exactamente cómo empezó, pero lo cierto es que comenzó y es una de las cosas más chulas que recuerdo de mi etapa en el Gómez Moreno. Conservo aún esas cartas como oro en paño. Además, ella tenía la costumbre de decorar todos los sobres a mano. Recuerdo aún el primero, es más, incluso recuerdo toda la carta. Un sobre estándar, petado hasta reventar porque dentro había 10 hojas de los blocks perforados, que hacían que la carta no cerrara. Por supuesto, como toda buena carta para ser perfecta, enviada postalmente, lo que la dota de más valor aún. El dibujo de fuera, un Goku de Bola de Dragón que tan de moda estaban en aquel momento. Y dentro, un montón de confesiones, alusiones musicales, cinematográficas... Un torrente de literatura.
Esa carta tuvo su respuesta, no menos "espectacular" y se inició así una costumbre que despertaba la imaginación y el gusanillo de la curiosidad, tratando de vislumbrar cómo y cuándo vendría la siguiente.
Como todo lo bueno en esta vida, las cosas se acaban. Tengo algún intento de carta de 4 años después, que nunca llegué a acabar porque siempre estábamos muy ocupados ya. Y en la universidad la rutina te lleva a otras miles de cosas. Así que, finalmente, acabas perdiendo las costumbres. Cualquier tiempo pasado no es siempre mejor (volviendo a parafrasear a Karina), pero cuando lo es, es infinitamente mejor.
Me quedo con la copla de mi propia entrada en el blog... Y antes de volver al trabajo, me voy a proponer escribir una carta manuscrita en condiciones. ¿A quién? No lo sé, quizá para mí mismo.
Estas navidades no tuvisteis postales... Pero os espera una sorpresa. Y hasta aquí puedo leer, como diría mi queridérrima Mayra Gómez Kemp.
Atrás quedaron los años en los que esperábamos ansiosos que llegara el cartero para leer las cartas de los amigos que, durante los meses de verano, abandonaban el barrio de San Blas en busca de lugares más exóticos (aunque, pensándolo bien, más exótico que San Blas en los 80 no se me ocurre nada... y si no era exótico, algo de pintoresco sí tenía). O en las navidades, contando el número de postales navideñas que recibías: unas de alto nivel (de las solidarias, las que costaban a precio de oro para un chavalín de barrio), otras más del tú-pa-tú (Antonio, hijo, esta expresión me viene al pelo para decir cutre) de los veinte duros de los chinos... (esto se merece otro mensaje más adelante). Luego estaban los que empezaban a despuntar imprimiendo las tarjetas en el Print Master Deluxe (qué gran programa), con las revolucionarias impresoras matriciales de 9 ó 24 agujas...
El caso es que todo eso ha quedado atrás. Ya nos mandamos correos electrónicos, postales electrónicas, hacemos listas de boda en Internet, invitamos a los cumpleaños con un mensaje de grupo... En definitiva, hemos perdido la esencia humana que, durante unos miles de años, ha caracterizado nuestra existencia y el fin de la prehistoria: la escritura.
Nota al margen: todavía me acuerdo de mi ex-amigo Óscar, cuando en el cole les enseñaban esto: "What's the Prehistory? The Prehistory is the story of man before written records began".
Yo he perdido cualquier tipo de destreza y costumbre a la hora de escribir con boli y papel. He empeorado mi caligrafía y no soy capaz de escribir 3 líneas seguidas sin tener que parar para descansar los dedos. Desde que ya no tomo apuntes en la facultad, me he vuelto un señor mayor de las nuevas tecnologías. Intento, todas las navidades, mandar la tanda de postales manuscritas, soy un animal de costumbres y de tradiciones cuando éstas merecen la pena. Y escribir a mano, qué queréis que os diga, lo merece.
Una caligrafía dice mucho de una persona. Desde la letruja más indescifrable hasta el molde de imprenta (en el que me hallaba hace unos años), pasando por su ortografía (con los correctores actuales se disimula esta carencia), son detalles que echo mucho de menos. Incluso cuando no entendías una palabra y tenías que esperar a ver a la persona, una llamada u otra carta para que te explicara qué ponía.
Cuando estaba en el instituto, tenía la costumbre de cartearme con mi amiga xyz. No recuerdo exactamente cómo empezó, pero lo cierto es que comenzó y es una de las cosas más chulas que recuerdo de mi etapa en el Gómez Moreno. Conservo aún esas cartas como oro en paño. Además, ella tenía la costumbre de decorar todos los sobres a mano. Recuerdo aún el primero, es más, incluso recuerdo toda la carta. Un sobre estándar, petado hasta reventar porque dentro había 10 hojas de los blocks perforados, que hacían que la carta no cerrara. Por supuesto, como toda buena carta para ser perfecta, enviada postalmente, lo que la dota de más valor aún. El dibujo de fuera, un Goku de Bola de Dragón que tan de moda estaban en aquel momento. Y dentro, un montón de confesiones, alusiones musicales, cinematográficas... Un torrente de literatura.
Esa carta tuvo su respuesta, no menos "espectacular" y se inició así una costumbre que despertaba la imaginación y el gusanillo de la curiosidad, tratando de vislumbrar cómo y cuándo vendría la siguiente.
Como todo lo bueno en esta vida, las cosas se acaban. Tengo algún intento de carta de 4 años después, que nunca llegué a acabar porque siempre estábamos muy ocupados ya. Y en la universidad la rutina te lleva a otras miles de cosas. Así que, finalmente, acabas perdiendo las costumbres. Cualquier tiempo pasado no es siempre mejor (volviendo a parafrasear a Karina), pero cuando lo es, es infinitamente mejor.
Me quedo con la copla de mi propia entrada en el blog... Y antes de volver al trabajo, me voy a proponer escribir una carta manuscrita en condiciones. ¿A quién? No lo sé, quizá para mí mismo.
Estas navidades no tuvisteis postales... Pero os espera una sorpresa. Y hasta aquí puedo leer, como diría mi queridérrima Mayra Gómez Kemp.
4 comentarios:
Koala, yo era una adicta a la correspondencia escrita. No sólo era arrastrar el boli por el papel como si trazaras una línea recta, es que era co-rrespondencia. Esperabas... no, sabías que recibirías la co-rrespondiente. Y eso, amigo mío, no hay email que lo iguale. El sobre, la tinta, el original remite, el sonido del sobre rasgado, y dentro, una persona de cuerpo entero garabateada en palabras, trazos y dibujos. Un placer único.
"... el original remite, el sonido del sobre rasgado, y dentro, una persona de cuerpo entero garabateada en palabras, trazos y dibujos."
¡Qué frase tan bonita! Me ha emocionado. Sencillamente genial.
que tiempos aquellos en los que los funcionarios de correos conocían a mi madre y esperaban ansiosos las cartas que ella bajaba a tasar y enviar... gran revuelo montó una que llevaba unas inscripciones en latín... vaya usted a saber qué demonios puse...
ahora sólo escribo para las felicitaciones navideñas y la verdad es que es una costumbre que me niego a perder...
también te digo que si me disperso a la hora de escribir un email, no te cuento para escribir una carta; y ¡si! cada día yo también escribo peor, es increíble, es como una involución...
en fin... relatos y recuerdos agridulces escondidos en un sobre, besos que no sólo se enviaban escritos "besitos, muacks" si no que en ocasiones me pintaba los labios para que quedara bien marcada la huella del cariño que quería transmitir...
me entristece pensar que las nuevas generaciones nunca sabrán de qué estamos hablando...
A los que solíamos escribir cartas nos ha quedado la costumbre de escribir las palabras con todas sus letras, incluso con acentos y signos de puntuación. Tardamos mucho mas en escribir mensajes en el móvil y nuestros comentarios blogueros son pura literatura. Es verdad que somos otra generación y que se está perdiendo esta costumbre. Yo también solia escribir las cosas que me pasaban, aunque no fuera para enviarlas por correo. Ni en plan diario. Solo por el placer de escribir y volver a sufrir, o a disfrutar, releyendo aventuras, pensamientos o sentimientos. Ahora a mi tambien me duele la mano cuando cojo un boli. En fin, esto es una forma de recuperar un poco, aunque sea con teclas por medio.
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