- Es afable, porque todos sus empleados me trataron de manera exquisita y con buena cara.
- Es complaciente, porque me sentí satisfecho con su trato.
- Es afectuoso, por el cariño con el que me arroparon.
Realmente el mensaje iba a empezar de otra forma, pero tenía que dejar el pabeÑón ortográfico bien alto, como sillón Ñ que soy. Así, el comienzo original planeado era:
Día 49 de mi cautiverio...
Ya que el viernes por la mañana salí un rato a comprar, no puedo hablar de ese cautiverio. Empieza aquí la historia de mi liberación.
Necesitaba comprar unas cosas para mi casa. Por supuesto que podría habérselas encargado a alguien. Pero entre la necesidad atroz de darme un paseo y la de matar al gusanillo que entra cuando vas a comprar en Ikea, decidí que yo también tenía que acudir a la cita, pertrechado con mis muletas. Lo del gusanillo se llama consumismo (no voy a hacer el chiste de la crisis), y es que cuando estás en esta tienda acabas llevándote infinidad de artículos con los que no contabas. Y da igual, tú dices que vas a ir a comprar lo justo, pero acaba cayendo el portafotos Gromenauer o la caja de almacenamiento Grijander. Igualito que Anónimo Cobarde cuando va a ElectricBricks a comprar Legos.
Voy a omitir la parte en la que, por culpa de una llamada inoportuna antes de salir de casa, me dejé la cartera y luego tuve que hacer malabares financieros para poder comprar las cosas sin que tuvieran que traerme de vuelta. Santa paciencia mi hermana.
Antes de comprar, había quedado con mi amiga Suu para vernos un rato y desayunar juntos. Ella vive al lado del Ikea de la Gavia, así que aprovechando mi primera salida ociosa internacional en calidad de minusválido, hicimos una quedada matutina. El sitio, la puerta de entrada, a la que llegamos puntuales mi hermana y yo. Nos metimos en la tienda y me dirigí raudo y veloz (coñas no, ¿eh?) hacia el ascensor. En ese momento, una cosa azul y amarilla empezó a correr tras de mí y a gritar entrecortadamente por el esfuerzo: "Eeeeeeeeeeeeh".¡Mierda! - pensé, imaginando que se reservaban el derecho de admisión para cojitos. "¿No querrás una silla de ruedas?" - añadió ella. Lo primero que se te pasa por la cabeza es decir: "No, ¿acaso piensas que no me puedo mover?". Es el orgullo / vergüenza. Pero 1 nanosegundo después tu pierna "buena" te pega un tirón de orejas (no me preguntéis cómo lo hace, pero juro que lo hace) y te dice: "Tú eres muy tonto, coge eso ahora mismo". Lo segundo que piensas es: "¿Tienen sillas de ruedas para dejar a la gente?". Esa pregunta queda respondida al instante, en cuanto eres consciente del ofrecimiento.
Con una sonrisa Profident, le dije que íbamos a desayunar y que, como tenía que volver otra vez para comprar las cosas, sería en esa segunda ocasión en la que les solicitaría la silla. Pero ya me hicieron sentir bien, se me quedó un buen sabor de boca incluso antes de papearme los churros y el donut del desayuno. Fuimos a la cafetería y yo, que me había dejado la cartera, no fui invitado al café gratuito que te dan con la tarjeta de fidelización del establecimiento (y que, como buen soltero que vive solo, por supuesto tengo).
Al término del homenaje culinario, fuimos a casa de mi hermana para realizar la acrobacia financiera de la que hablaba antes. Diez minutos después estábamos de nuevo en Ikea dispuestos a afrontar ese nuevo reto: la silla de ruedas.
Volví a entrar con mis (bueno, son de Suu) flamantes muletas rojas. Me acerqué al mostrador y me dieron la silla de ruedas. Hasta se ofrecieron a guardarme las muletas, pero preferí quedármelas por si tenía que ponerme de pie en algún momento para mirar algo. Mi hermana, que muy recientemente ha hecho un curso de Celador de hospital, en el que no había hecho prácticas con pacientes reales, se puso su bata, guantes y mascarilla imaginarios y tomó las riendas del vehículo. Como en Lluvia de estrellas, aquella mañana Ikea interpretó a Ramón y Cajal.
Una vez en el piso de arriba, mi hermana, totalmente identificada con Niki Lauda, me llevó velozmente por todas las secciones y recovecos. De vez en cuando tenía que recordarle que parara un poco, ya que a esa velocidad los precios se veían así: "======". La silla, que estaba un poco baja y no había manera de subirla, rozaba con el hierro de los reposapiés en el suelo. En más de una ocasión nos sentimos como en las carreras ilegales de coches, en las que la fricción de la llantas en el asfalto producen esas características chispas.
Mi hermana, como conductora de la DGT es muy buena; como celadora no lo sé. Pero todo junto es una combinación explosiva (y no hablo de picardías y liguero). En un par de ocasiones me dejó aparcado en medio del pasillo, sin las luces dadas, con el consiguente atasco por semejante pirula. En ese momento me sentí desvalido, solo, abandonado. Es más, me sentí como cuando estás en el súper y apartas el típico molesto carrito de la compra que el gaÑán (eñeeeee) de turno ha dejado en todo el medio mientras se lee los ingredientes de la botella de agua. Aun así, la experiencia de comprar en estas condiciones me hizo sentir feliz como una perdiz (antes de recibir el tiro y ser servida en un plato). Para inmortalizar el momento, le pedí que me hiciera unas fotos que dieran fe de este testimoÑo (eñeeeeeeeeee, esta vez dedicado a mi Rosi), y poder escribir así en el blog:

Mientras se producía este posado-pactado, uno de los empleados de Ikea pasó por detrás, nos vio en semejante escena y empezó a descojonarse estentóreamente. Me dijo algo como "¡muy bien!", pero no alcancé a escucharlo con precisión militar.
El momento cumbre de la mañana vino cuando, para poder llevar las compras en condiciones, le dije a mi hermana que lo mejor sería coger un carrito. Y, claro está, esto fue lo que me dio aaaalas. Mi hermana nunca ha tenido gemelos y eso de llevar dos carritos al mismo tiempo se me antojaba harto complicado para ella (tengas gemelos o no). Su idea fue que yo empujara el carrito mientras ella empujaba mi silla. Pero una visión de una panda de borrachos en una fiesta y bailando la conga se me vino a la cabeza, así que decidí que ésa no era la solución. Casi instintivamente, planté mis manos en las ruedas y, como si de las paraolimpiadas se tratara, empecé a avanzar con garbo y brío a través del almacén. Me hice con los mandos muy rápidamente (digo yo que eso de haber jugado mucho a la consola de pequeño algo tiene que ver, aparte de los brazacos que estoy sacando con las muletas) y, de esa manera, avancé los metros finales mientras terminábamos mi compra.
Llegamos a la caja y la cajera, una vez pasados los artículos, miró a mi hermana para que pagara. Al ver que ella no mostraba intenciones y hacía propósito de enmienda (a la totalidad), agachó su mirada hacia mi silla (me hizo sentir pequeñito) y, cuando vio que yo me rascaba el bolsillo, entendió toda la jugada.
Pagamos, fuimos a devolver la silla y, nuevamente con gran amabilidad, me despidieron dándome palmaditas en la espalda.
La conclusión es que, una tienda que tiene varias (vi que a otra señora le dejaron otra) sillas de ruedas disponibles para que los personas con problemas de movilidad puedan estar igualmente a gusto, independientemente de que sea una cuestión comercial, me pareció DIGNO DE AGRADECER y un detallazo sin precedentes. Me quito el sombrero y aplaudo a los responsables de Ikea. Estos no se hacen los suecos con la accesibilidad.
Día 49 de mi cautiverio...
Ya que el viernes por la mañana salí un rato a comprar, no puedo hablar de ese cautiverio. Empieza aquí la historia de mi liberación.
Necesitaba comprar unas cosas para mi casa. Por supuesto que podría habérselas encargado a alguien. Pero entre la necesidad atroz de darme un paseo y la de matar al gusanillo que entra cuando vas a comprar en Ikea, decidí que yo también tenía que acudir a la cita, pertrechado con mis muletas. Lo del gusanillo se llama consumismo (no voy a hacer el chiste de la crisis), y es que cuando estás en esta tienda acabas llevándote infinidad de artículos con los que no contabas. Y da igual, tú dices que vas a ir a comprar lo justo, pero acaba cayendo el portafotos Gromenauer o la caja de almacenamiento Grijander. Igualito que Anónimo Cobarde cuando va a ElectricBricks a comprar Legos.
Voy a omitir la parte en la que, por culpa de una llamada inoportuna antes de salir de casa, me dejé la cartera y luego tuve que hacer malabares financieros para poder comprar las cosas sin que tuvieran que traerme de vuelta. Santa paciencia mi hermana.
Antes de comprar, había quedado con mi amiga Suu para vernos un rato y desayunar juntos. Ella vive al lado del Ikea de la Gavia, así que aprovechando mi primera salida ociosa internacional en calidad de minusválido, hicimos una quedada matutina. El sitio, la puerta de entrada, a la que llegamos puntuales mi hermana y yo. Nos metimos en la tienda y me dirigí raudo y veloz (coñas no, ¿eh?) hacia el ascensor. En ese momento, una cosa azul y amarilla empezó a correr tras de mí y a gritar entrecortadamente por el esfuerzo: "Eeeeeeeeeeeeh".¡Mierda! - pensé, imaginando que se reservaban el derecho de admisión para cojitos. "¿No querrás una silla de ruedas?" - añadió ella. Lo primero que se te pasa por la cabeza es decir: "No, ¿acaso piensas que no me puedo mover?". Es el orgullo / vergüenza. Pero 1 nanosegundo después tu pierna "buena" te pega un tirón de orejas (no me preguntéis cómo lo hace, pero juro que lo hace) y te dice: "Tú eres muy tonto, coge eso ahora mismo". Lo segundo que piensas es: "¿Tienen sillas de ruedas para dejar a la gente?". Esa pregunta queda respondida al instante, en cuanto eres consciente del ofrecimiento.
Con una sonrisa Profident, le dije que íbamos a desayunar y que, como tenía que volver otra vez para comprar las cosas, sería en esa segunda ocasión en la que les solicitaría la silla. Pero ya me hicieron sentir bien, se me quedó un buen sabor de boca incluso antes de papearme los churros y el donut del desayuno. Fuimos a la cafetería y yo, que me había dejado la cartera, no fui invitado al café gratuito que te dan con la tarjeta de fidelización del establecimiento (y que, como buen soltero que vive solo, por supuesto tengo).
Al término del homenaje culinario, fuimos a casa de mi hermana para realizar la acrobacia financiera de la que hablaba antes. Diez minutos después estábamos de nuevo en Ikea dispuestos a afrontar ese nuevo reto: la silla de ruedas.
Volví a entrar con mis (bueno, son de Suu) flamantes muletas rojas. Me acerqué al mostrador y me dieron la silla de ruedas. Hasta se ofrecieron a guardarme las muletas, pero preferí quedármelas por si tenía que ponerme de pie en algún momento para mirar algo. Mi hermana, que muy recientemente ha hecho un curso de Celador de hospital, en el que no había hecho prácticas con pacientes reales, se puso su bata, guantes y mascarilla imaginarios y tomó las riendas del vehículo. Como en Lluvia de estrellas, aquella mañana Ikea interpretó a Ramón y Cajal.
Una vez en el piso de arriba, mi hermana, totalmente identificada con Niki Lauda, me llevó velozmente por todas las secciones y recovecos. De vez en cuando tenía que recordarle que parara un poco, ya que a esa velocidad los precios se veían así: "======". La silla, que estaba un poco baja y no había manera de subirla, rozaba con el hierro de los reposapiés en el suelo. En más de una ocasión nos sentimos como en las carreras ilegales de coches, en las que la fricción de la llantas en el asfalto producen esas características chispas.
Mi hermana, como conductora de la DGT es muy buena; como celadora no lo sé. Pero todo junto es una combinación explosiva (y no hablo de picardías y liguero). En un par de ocasiones me dejó aparcado en medio del pasillo, sin las luces dadas, con el consiguente atasco por semejante pirula. En ese momento me sentí desvalido, solo, abandonado. Es más, me sentí como cuando estás en el súper y apartas el típico molesto carrito de la compra que el gaÑán (eñeeeee) de turno ha dejado en todo el medio mientras se lee los ingredientes de la botella de agua. Aun así, la experiencia de comprar en estas condiciones me hizo sentir feliz como una perdiz (antes de recibir el tiro y ser servida en un plato). Para inmortalizar el momento, le pedí que me hiciera unas fotos que dieran fe de este testimoÑo (eñeeeeeeeeee, esta vez dedicado a mi Rosi), y poder escribir así en el blog:

Mientras se producía este posado-pactado, uno de los empleados de Ikea pasó por detrás, nos vio en semejante escena y empezó a descojonarse estentóreamente. Me dijo algo como "¡muy bien!", pero no alcancé a escucharlo con precisión militar.
El momento cumbre de la mañana vino cuando, para poder llevar las compras en condiciones, le dije a mi hermana que lo mejor sería coger un carrito. Y, claro está, esto fue lo que me dio aaaalas. Mi hermana nunca ha tenido gemelos y eso de llevar dos carritos al mismo tiempo se me antojaba harto complicado para ella (tengas gemelos o no). Su idea fue que yo empujara el carrito mientras ella empujaba mi silla. Pero una visión de una panda de borrachos en una fiesta y bailando la conga se me vino a la cabeza, así que decidí que ésa no era la solución. Casi instintivamente, planté mis manos en las ruedas y, como si de las paraolimpiadas se tratara, empecé a avanzar con garbo y brío a través del almacén. Me hice con los mandos muy rápidamente (digo yo que eso de haber jugado mucho a la consola de pequeño algo tiene que ver, aparte de los brazacos que estoy sacando con las muletas) y, de esa manera, avancé los metros finales mientras terminábamos mi compra.
Llegamos a la caja y la cajera, una vez pasados los artículos, miró a mi hermana para que pagara. Al ver que ella no mostraba intenciones y hacía propósito de enmienda (a la totalidad), agachó su mirada hacia mi silla (me hizo sentir pequeñito) y, cuando vio que yo me rascaba el bolsillo, entendió toda la jugada.
Pagamos, fuimos a devolver la silla y, nuevamente con gran amabilidad, me despidieron dándome palmaditas en la espalda.
La conclusión es que, una tienda que tiene varias (vi que a otra señora le dejaron otra) sillas de ruedas disponibles para que los personas con problemas de movilidad puedan estar igualmente a gusto, independientemente de que sea una cuestión comercial, me pareció DIGNO DE AGRADECER y un detallazo sin precedentes. Me quito el sombrero y aplaudo a los responsables de Ikea. Estos no se hacen los suecos con la accesibilidad.

P.D. Con la silla y la chaquetita de cuadros parezco un indigente...
5 comentarios:
Ays. Yo también te iba a decir que con la silla y la camisa de informático pareces un indigente. Pero hubiera añadido que el corte RadiKal de pelo ayuda XDDDD
Qué cachondeo, me hubiera gustado estar allí para verlo.
Weno, esta tarde a las 17:30-17:45 pasaré por ahín. Hemos quedado a las 18:30 con éstos porque querían echarse la siesta, los Meloncillos.
No es una camisa :(
En fin, en algún momento tenía que aparecer el "tapado" de la silla. Ahí está el testimoño gráfico. Estoy un poco de acuerdo con la rubia, en que es una camisa de cuadros y en que pareces un pobre... me recuerdas Liam Neeson en "Presunto culpable". No es por nada pero sales de compras, quedas con los colegas... yo te veo muy capacitado, sin dis
A ver, Koa, que los de ikea son muy listos, que cuanto mas tiempo pasas dentro de la tienda, mas artículos caen dentro de la bolsa amarilla, que si entras con muletas, en cero coma estas fuera y así consiguieron lo que pretendían: que gastaras much more money. Que te crees? que no han amortizado ya las sillas? seguro que tienen un almacen lleno de sillas de ruedas Grönholm listas para montar para todos los invalidos. Y si eres ciego, te ponen un perro lazarillo pa que te ladre los precios y las ofertas. Y es verdad, doy fé, no es una camisa, coñes. Yo mas bien opino que te falta un carton de Donsimón pa parecer un indigente.
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