Tras volver a cerrar el sobre, se dirigió a
la vela casi consumida. Expelió un débil soplido y apagó la llama que bailaba
al son de una amarga melodía. La habitación se oscureció, dejando a su paso un
mundo de sombras. Mario encendió una pequeña lámpara y se sentó sobre la cama.
Su rostro revelaba la desolación de su alma; los labios, compungidos, impedían
a la boca realizar movimiento alguno. De sus ojos marrones salió tímidamente
una lágrima que, bajando por su mejilla, le produjo un suave cosquilleo. En
breves segundos desapareció.
Dejó la carta sobre la mesa y la miró
fijamente. Realmente no miraba aquel trozo de papel, sino que recordaba su
contenido. Se levantó de la silla y se dirigió al espejo. Contempló aquel
objeto antiguo, enmarcado en un precioso cerco plateado y del cual, en una de
las esquinas interiores, colgaba una fotografía. La cogió, con manos
temblorosas, y la dejó caer. Tras levantar la vista de nuevo y dirigirla al
espejo se vio reflejado, pero de un modo diferente, como si no se tratase de
él. Observó toda su figura una y otra vez y, finalmente, centró su mirada en
los ojos. En ese momento sintió la necesidad de conocer a la persona que se
hallaba al otro lado, estirando su mano para intentar acariciarla. «¡Es
imposible!», pensó, al descubrir cómo su mano desaparecía en el interior.
Aunque no sabía lo que estaba sucediendo, su instinto le empujaba a seguir
introduciéndose en aquel espejo que le había visto crecer y pasar sus momentos
más íntimos. Metió una pierna, luego la otra y, por último, el resto del
cuerpo. De repente se hallaba al otro lado, y él lo sabía. Pero en su cerebro
racional no cabía la posibilidad de admitir aquella experiencia. Sin embargo,
miró el resplandor que procedía de la ventana y notó que provenía desde la
izquierda; él recordaba que la ventana estaba a la derecha del espejo. Por
tanto era cierto, había cruzado el límite de la realidad.
Pasados unos instantes, numerosos
escalofríos recorrieron su cuerpo. Ya no estaba tan seguro de sus actos. El
miedo y la duda se apoderaron de él y deseó volver a cruzar aquella puerta
misteriosa. Y así lo hizo: había vuelto a su mundo.
Estupefacto por aquella circunstancia,
decidió que lo mantendría en secreto. Abrió su cama y se echó a dormir, sin olvidar
el momento en el que él se fundía con su propia imagen.
En mitad de la noche, cuando la luna se
observa desde la tierra con su máximo esplendor, Mario se levantó de la cama
como una exhalación, ahogándose en sudor. Encendió la luz y, tras meditar unos
minutos, se enfrentó al espejo dispuesto a cruzarlo de nuevo. Primero comprobó
que podría pasarlo y, subido en una silla, dio un gran salto. Por segunda vez
se hallaba en el otro lado, pero a diferencia de la anterior, su cuerpo estaba
lleno de ansias. Una vez allí, se paseó por aquella habitación paralela, en la
que todo estaba igual con excepción del orden invertido, causa de la imagen
especular. Cansado de dar vueltas, tuvo una idea, consistente en traspasar la
puerta de la habitación. Dudando de esta decisión, agarró el pomo con fuerza,
lo giró bruscamente y salió. Pero su sorpresa fue descubrir dónde se hallaba,
un lugar que no pertenecía a su hogar y a la vez le resultaba familiar. La
excitación que sufría le impedía pensar, pero estaba seguro de algo: había
estado allí.
Oyó unos ruidos. Giró su cuerpo y se
encontró con ella. Su cabello azabache contrastaba con el tono tenue de las
sábanas. Pero no estaba sola. La habitación se encontraba a media luz, con
cierto aspecto sensual, y las persianas estaban bajadas del todo. Junto a ella,
un hombre joven, de piel morena, la rodeaba con su brazo. Mario miró
horrorizado aquella escena, incrédulo. No comprendía qué hacía el otro hombre
en la cama, pero al mismo tiempo comprendía todo. En su cabeza, los pensamientos;
en su cuerpo, las sensaciones de esa carta.
Mario
recelaba, con rabia, mientras la pareja, que no podía apercibirse de su
presencia, continuaba con su actividad amorosa. El otro la besaba con pasión,
besaba sus labios, sus manos, sus senos. Acariciaba su cuerpo con suaves y
delicados movimientos. Y ella se sentía feliz. Por su parte, ella también
demostraba amor. Abrazaba con fuerza la espalda del hombre, moviendo sus manos
de arriba a abajo. Mario, fuego en los ojos, deseó no haber entrado jamás en
aquel espejo que antaño le había visto ser feliz y ahora le castigaba con el
dolor.
Harto de sufrir, al igual que pinchos que
se clavan en el corazón, se dirigió al espejo de aquella habitación e intentó
cruzarlo. Pero por alguna extraña razón no podía. Realizó varias tentativas,
pero todas ellas fracasaron. Por último, como mazos de acero, alzó sus dos
brazos y los impulsó contra el espejo. Los cristales se dispararon como el
rastro que a su paso deja un cometa. El suelo se llenó en instantes de aquel
tono plateado, mientras poco a poco la sangre los cubría con su color intenso.
Mario yacía en el suelo, encharcado en un líquido que le pertenecía. La vela se
consumió del todo, dejando la habitación de Mario en total oscuridad.
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