4 días después del suceso aún no tengo palabras para describirlo.
Sí, queridos koalas ellos, ellas, todos. El pasado miércoles tomé mi vuelo hacia tierras catalanas, Barcelona para variar un poco. La aerolínea elegida para semejante misión era Vueling, compañía que antaño me vio recorrer Europa y últimamente relegada al más puro ostracismo porque me he vuelto un pijo volando.
Llegué al aeropuerto con la hora pegada al culo y acudí raudo y veloz al mostrador de facturación justo 2 minutos antes de que cerraran. Aunque yo no iba a facturar maleta (ya que en Vueling te cobran hasta por mencionar su nombre... sin ir más lejos este mensaje me está costando ya unos euros), tuve que pasar por ahí porque no había impreso la tarjeta de embarque. Estoy reñido últimamente con la facturación on-line pese a que siempre me viene bien (eso de poder aparecer en el aeropuerto justo a la hora del embarque me ha salvado la vida muuuuuchas veces).
Como había llegado tan justo de tiempo, di por hecho que no me iba a dar tiempo a comprarme alguna delicatessen del aeropuerto: un mcpollo, un sandwich del Starbucks con café de litro o cosas así. Fui directo a la puerta de embarque, la cual estaba anunciada por los monitores como la J42. Casualidades de la vida, pero muy casualidad, la J42 es la puerta que está junto al control de seguridad, así que apenas tuve que caminar. Sim embargo, algo raro pasaba; no había nadie... 2 minutos después, la megafonía del aeropuerto informaba que la puerta de embarque de mi vuelo era la H4, que se halla justo en un extremo de la T4 y a 10 minutos de distancia de la J42. Agobiado porque pensé que perdía el avión, fui disparado para allá y, por el camino, la megafonía volvió a anunciar un nuevo cambio de puerta de mi vuelo: ahora era la J42. Se oyeron pitidos y lo "siguiente" a insultos. Pues nada, media vuelta y otra vez a la puerta J42. A mí me entró la risa, porque justo venía de ahí y otra vez había que volver. El sudor me bañaba la piel como si acabara de salir de la ducha o de una piscina. Cuando casi estaba llegando a la J42, el aeropuerto volvió a anunciar que la puerta de embarque de mi vuelo era la H4. Yo ya dejé de actuar como un banco y no daba crédito alguno a lo que estaba pasando. Los gritos y pitidos iban en aumento y yo, que soy el koalita más dicharachero de todo Madrid, saqué mi cámara de fotos por si ahí se montaba la de San Quintín y luego podía publicar las fotos.
Otra vez de peregrinación hacia la puerta H4. Me crucé con un chico y una chica de Vueling que estaban igual de indignados que yo. Les pregunté si ellos eran los que iban a efectuar el embarque de mi vuelo y cuando me dijeron que sí, les comenté que yo ya les perseguía, puesto que donde fueran ellos ahí tenía que estar yo :). Los chavales, muy majos, me estuvieron contando que esto era increíble y que no era la primera vez que se lo hacían, pero sí que era la primera vez que había tanto cambio de puerta. El chico estaba cabreadísimo y decía que él ya no se movía hasta que no confirmaran la puerta; además se temían una reacción violenta de los clientings que, pertrechados con bombings y recortadings, les iban a dar la tarde de su vida.
Inmediatamente después al último cambio, con apenas un minuto de diferencia, Aena volvió a anunciar un nuevo cambio de puerta y, en esta ocasión, la afortunada fue la J41. Yo ya no me reía, me descojonaba por no hacer un "Kameame ahhhh" galáctico y de consecuencias irreparables. El chico de Vueling tenía los ojos inyectados en sangre, la chica no sabía para dónde mirar... Creo que Cindy Crawford debería venir a Madrid para promocionar una cadena de gimnasios o algo así. Si no lo hace ella, ya me encargo yo... "Gimnasios Tecuatro" y el lema sería algo así como "Adelgazarás volando". Dos minutos después se anunció otro cambio de puerta, era la ya definitiva H4 (que sí, tonto, que te digo la verdad, que ya no hay más cambios...). Cuando llegamos allí, Vuelingboy dijo "joer, si están los pasajeros antes que nosotros para hacer el embarque". La cola ya no era cola, sino pollón (y follón). Allí me despedí de mis nuevos compañeros de gimnasio, deseándoles suerte ante el aluvión de quejas que se les venía encima.
Ya en la cola, o pollón, o como queráis llamarlo, al cabo de un rato apareció Vuelingboy diciéndome que, como en el vuelo iban a viajar 180 personas de las 180 plazas posibles, todas las maletas (aunque no estuvieran facturadas y fueran de cabina) debían bajarse a la bodega. Ahí ya me hicieron la púa completa; yo que pensaba salir escopetado del avión y lanzarme al coche de Andreu que, gentilmente, se había ofrecido a ir a buscarme, ahora resulta que me tocaba esperar como un pringao en la cinta de equipajes... La mala hostia se apoderó de mí en ese momento y desde entonces hasta ahora (ah, ah) he estado maldiciendo una y otra vez al mundo de la aviación. Lo tengo claro, mi próximo destino en tren... y si es posible, Cercanías.
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