domingo, 25 de febrero de 2007

Primero fue la Bomba H... y ahora las Lush

Si te preguntan por la palabra Lush... ¿a qué te suena? A mí me suena a "lux", es decir, lujo. Efectivamente, para todos aquellos que hayan pensado lo mismo que yo, sorteamos el perrito piloto... Antes de saber lo que era "Lush" mi vida cosmética se reducía al bronceador spray del Carrefour y a las cremas antiarrugas que me regalaron en una perfumería hace un año cuando compré un frasco de colonia para mi madre.
Lush es el nombre de una tienda de jabones que hay en la calle Fuencarral. Es una de las muchas tiendas de este tipo que están surgiendo ahora como setas por toda la capital. ¿Pero por qué ésta en concreto? Porque me informó mi queridísima A.F.A. (que luego se me enfada) que, aunque lo niegue y tenga un ramalazo psicótico barriobajero de vez en cuando, es pija de Argüelles y le molan mogollón estas cuestiones. Ella fue quien me habló de la existencia de "Lush", una tienda donde tienen un catálogo de productos agradables al olfato, desde jabones, lociones de afeitado, sales de baño, mascarillas... Y tan carillas, claro. Pero el producto estrella de esta tienda son las boooooooooooombas. Una bomba, para que nos entendamos todos, es una Couldina con forma esférica y tamaño de una pelota de tenis, que se echa en la bañera y, con su efecto efervescente, crea una espuma de color y olor intensos en el interior de tu bañera.
Lo que los creadores de las bombas no advierten con letras igualmente llamativas es que, para poder usar una de estas bombas, tienes que tener una bañera clásica y así evitar lo que a continuación os voy a narrar:

Hace unas semanas fui a comprar unas cuantas de estas bombas para hacerle un regalo de cumpleaños a mi amiga S.A.V. (por si también se me enfada). Ella, que también tiene ramalazos macarras y barriobajeros, en el fondo lleva otra pijilla en su interior y este tipo de asuntos cosméticos le encantan. Se me ocurrió que sería buena idea regalarle algo de este tipo y así romper un poco con los últimos regalos siempre intelectuales (libros) o informáticos (ratones, etc.). Al final opté por ser mitad intelectual, mitad jet-set, porque acabó cayendo un libro también. El caso es que, cuando llegué a esa pequeña tienda de la calle Fuencarral, hice una rápida inmersión en su interior (llevaba prisa) y descubrí el paraíso de las bombas... empecé a sentirme atrapado.

Lo primero que sentí al llegar a la tienda fue: "Me van a pegar una clavada y no de las que me gustarían". Así, a medida que miraba los diferentes productos que había en el interior, mi Tío Gilito interior me empujaba a salir escopetado de aquel lugar. Pero yo no me podía ir sin el regalo de S.A.V., así que hice de tripas corazón e intenté llegar al quid del asunto: las bombas. Están situadas al fondo de la tienda, entendiendo por fondo el metro cuadrado escaso en el que se hayan ubicadas en una tienda de 4 metros cuadrados. Yo me había imaginado que un producto tan fascinante y de alto nivel estaría en cajitas de madera de apariencia principesca. Pero mi decepción llegó al comprobar que estaban en cestos de mimbre (las más afortunadas) y que, en el peor de los casos, estaban mezcladas sin ningún control como en un intento zoológico de obtener nuevas especies. Las que despedían brillantina estaban junto a las que debían ser relajantes, adquiriendo las últimas un tono purpúreo y estridente que anulaba todo el supuesto poder relajante que pudieran tener.

Cuanto más miraba, más me mareaba... Bombas con olor a miel, a rosas, a moras, a menta... con efectos relajantes, afrodisíacos, revitalizantes... No sabía qué hacer. ¿Le regalo una relajante para que descanse por las noches? ¿Y si le regalo una afrodisíaca para que NO descanse por las noches? No, tal vez sería mejor una revitalizante para que afronte su cumpleaños con alegría... ¿Pero no sería más alegre con una afrodisíaca? ¡¡¡Nooooooo!!!
El agobio era tal que, mientras iba cogiendo cada bola del mal y las acercaba a mi nariz para intuir de qué se componían, iban dejando en mi cuerpo sus efectos colaterales. Cuando terminé de hacer mi elección, observé por un momento mis manos y, más que haber estado de compras, parecía que hubiese terminado de trabajar en una sala de Drag Queens en la aledaña Chueca.


Salí de la tienda con dos bolitas para S.A.V. y otras dos para mí. Las dos bombas de mi amiga fueron especialmente envueltas en unas cajitas de regalo, previo pago de las mismas, pero que transportaban a las bombas cutres y plebeyas que había visto en la tienda a las más altas esferas de la jet-set cosmética. No obstante, mis dos bombas podían seguir en sus nuevos envases de plástico porque, habiendo sido yo el descubridor de tanta falta de glamour, ya me daba igual que estuvieran en fastuosas cajas o en irrisorios plásticos estridentes. Ni que decir tiene que me quedé impresionado cuando vi que las bombas, en su estado natural en la tienda, no llevan protector y van perdiendo su aroma... Pero eso sí, cuando te las llevas, te las precintan herméticamente para que conserven todo su olor... Digo yo que será más bien para que no te pongan la bolsa de transporte más brillante que un traje de lentejuelas en agosto.

Resumiré brevemente que las bombas fueron un éxito de taquilla... tanto para la tienda, que dejó a mi bolsillo tiritando, como para la persona galardonada con semejante regalo.

Ahora viene lo tremendamente escalofriante...

Unos días después decidí poner en práctica lo que tanto A.F.A. como S.A.V. ya habían probado y con tanto éxito. Para una velada tan especial, preparé mi cuarto de baño con los elementos apropiados para albergar este evento. Puse mis velas acuáticas, regalo de J.C.dl.C. y A.O.G., y otras velas aromáticas de mi propia colección. Eso, teniendo en cuenta que mi baño es oscuro, daba una sensación de siniestralidad morbosa que intensificaba el placer que iba a sentir.
Lo que no quería decir, pero ahora me veo en la obligación, es que mi baño tiene unas dimensiones que, por sí mismas, no producen dimensión. En realidad la medida de mi baño se podría llamar adimensión y es cuantificada en pies de chiguagua. De este modo se entenderá que la bañera, como tal, no puede llamarse bañera, sino más bien barreño.

> ¡¡Qué nervios!! ¡En cuanto eche la bomba a la bañera, esto se va a convertir en un jacuzzi de fragancias deliciosas! - pensaba el iluso que llevo dentro.

Cuando ya estaba a punto de empezar a llenar el barreño (o bañera, a estas alturas hay confianza y ya da igual), me asaltó una duda que debería estar en el decálogo de todo soltero que vive solo: ¿Habré desinfectado bien la bañera? Porque, para los que nunca os hayáis dado un baño, he de deciros que hay que plantar las posaderas con todas sus consecuencias. Y mi pobre barreñito pasó hace un año por una experiencia traumática que lo dejó descolorido cual payaso enemigo de Micolor (eso merece un blog aparte). Entonces decidí, previo paso al placer supremo, desinfectar la bañera con el "Don Limpio" de Eroski. Para mi asombro, quedó igual que como estaba, de lo que deduje que: a) Ya estaba limpio antes; o b) Seguía sin estar limpio después. El caso es que era tal la expectación que sentía por ver la booomba en funcionamiento que me dispuse a rellenar la bañera. Y he aquí donde también he de decir que yo no tengo gas natural, gas butano, etc. Sólo tengo un calentador electrónico que se GASta enseguida. Pero teniendo en cuenta las adimensiones de la bañera, creí que no haría falta más agua que los 80 litros de capacidad que tiene el calentador y que, además, no iba a llenar entera de agua caliente. Nuevamente subestimé los poderes ocultos de mi casa y cuando la bañera se estaba llenando de agua calentita para luego templarla, ella que es muy sabia, empezó a templarse sola antes de lo previsto; así que a medio barreño el agua ya no quemaba mucho y esto en verano sería una gozada... pero a finales de febrero es otra cosa que acaba en -ada y puedo ahorrarme el comentario.

Ante mis ojos, el agua estaba cada vez más y más templada... Pero hice de tripas corazón (y del corazón un cubito) y, armado de valor (no he pasado más miedo en mi vida), procedí a meter una pierna en la bañera. En ese momento, vino a mi mente la escena de Parque Jurásico en la que el vaso de agua tiembla en la mesa cuando se acercan los dinosaurios. Mi barreño tembló igual... todo en calma, pero el agua ondeaba con mi pierna dentro... Metí la otra pierna... y me dispuse a sentarme. Llegados a este punto, he de contar algo más sobre mi bañera. Tiene un pequeño escaloncito (y lo de pequeño es literal), que hace que te puedas sentar como cuando te pones en una sillita de niño para hacer la típica gracia de "soy un bebé" y todo el mundo piensa "eres un bobó". Y en ese momento te das con las rodillas en el mentón (como intentando complacerte sexualmente).
Pues dispuesto a sentarme, según bajaba las piernas, un ruido ensordecedor empezó a inundar todo el baño. Y unos cuantos litros de agua contribuyeron también a inundar más el baño. Está claro que en el cole nos enseñan el principio de Arquímedes por algo... Si metes un cuerpo con volumen en el agua, éste desaloja una cantidad de agua igual a su volumen... Pues imaginaos ahora a Willy (la de Liberad a Willy) entrando en un barreño... El resultado sería que habría agua en el cuarto de baño y Willy sin más en la bañera. Pero para algo se inventó el desagüe de seguridad, ése que está casi al borde de la bañera y hace desalojar agua en caso de zozobra. Según me sentaba, iba saliendo agua por el desagüe, litros y litros... ¡¡Pero yo me tenía que sentar!!

Cuando este proceso de ajuste osmótico terminó, me quedé con todo el agua fría en la bañera (ya se sabe que el agua caliente sube y la fría baja, por lo que la que primero desalojó fue la caliente). Ya temblando por la situación, decidí que pasase lo que pasase tenía que sumergir la bomba y acabar de una vez con el mito. Y así hice: eché la HONEY BEE en lo que quedaba de agua y... ¿Eres capaz de imaginar lo que pasa cuando echas una Couldina en medio centímetro de agua? Que la pastilla intenta deshacerse, pero le faltan fuerzas... Pues la honey bee igual. La pobre agonizaba, intentando mimetizarse en ese agua glaciar, pero su desaparición se hacía lenta, dolorsa... Yo no hacía más que mirar atónito semejante ridiculez: la bomba parecía un pedete en sus últimos suspiros... el agua empezó a enturbiarse, tanto como mi ilusión. Pasados unos minutos, la bomba quedó reducida a un trozo asqueroso e interte que ya no quería descomponerse... tuve que darle ánimos, aliento, para terminar de disolverla...

Para terminar, debo confesar que tuve que lavarme como los gatos: echándome aguachirri de ésa por encima del cuerpo en un intento de perfumarme y amortizar la bomba. Es la experiencia cosmética más lamentable que he tenido en mi vida. Aunque aquella noche dormí con un suave olor a miel y unos cuantos paquetes de pañuelos en la mesilla.

Sigo teniendo una "Perla negra" sin usar... os la vendo.

2 comentarios:

Ainoa dijo...

Yo sigo pensando que deberías darte un baño con la Perla Negra y Jack Sparrow, y relajarte.

Y luego nos lo cuentas :D

-A.F.A.

blankanieves dijo...

Lush es una cadena que internacional de fresh handmade cosmetics, qeu mola mogollón...
en la c/fuencarral no he comprado nada, pero si en la kalverstraat de amsterdam...
puedo decir que después de un día de andar, andar y más andar, no hay nada mejor que una pastilla de esas que te pone el agua de color rojo con purpurina para relajarte de verdad...
o una morada de olor a lavanda...
me encanta el lush, me recuerda a esos días en a'dam